jueves, 30 de abril de 2009

Confusiones


Por: Chistian Camilo Villanueva



NAXOS


Con calculada suavidad depositó el cuerpo dormido sobre la arena dorada de la playa. Se detuvo un momento mientras retrocedía para contemplar por última vez la piel bronceada por el sol de Creta, los cabellos negros y fuertes como crines de caballo, los labios que le arrancaron el juramento que estaba a punto de romper. Sin embargo, nada de esto lo hizo vacilar; ni siquiera lo estremeció pensar que la abandonaba a su suerte, pues seguramente no faltaría el borracho que la confundiera con una princesa y, enloquecido, quisiera casarse con ella para hacerla su diosa. Luego, continuó avanzando hacia el barco donde su futuro le aguardaba mecido por las olas, para esperar pacientemente a que el viento hinchara las negras velas y alejarse de la terrible verdad que comprendió la tarde anterior: había matado al monstruo equivocado.



MUSA INOPORTUNA


Lleva alrededor de diez minutos sobrevolándome. No la sentí entrar, pero era imposible no oír el golpeteo insistente y desordenado de sus alas contra el techo de la habitación. ¿Qué haré después de que ha destruido mi propósito de avanzar en la lectura del buen Jonathan Swift? En el primer instante procuro ignorarla; entonces me pongo mi careta de lector feliz y comprometido con la labor iniciada, mientras finjo desentenderme del asunto. Pero su sombra, alargada inútilmente por la luz de la lámpara, se mueve silenciosa por encima de la página. Suspendo de nuevo la lectura y miro sus torpes movimientos en la altura. Pienso entonces en arrojarle un zapato y detener para siempre su desesperante vuelo nocturno, pero recuerdo enseguida a Confucio y su cañón que me desafían inclementes a matar al mosquito. Derrotado y conforme, desisto del plan y la dejo posarse tranquila sobre mi cabeza. Al fin y al cabo –me digo– es tan sólo ella volando en el recuerdo de alguna noche parecida a ésta.



LA TORRE


Ciento cincuenta días garrapateando planos, pegando ladrillos, quemando tu figura indiferente, edificando esta torre de silencio. Dos segundos de tu voz y vuelvo a hablar de ti. Es la historia de mi Babel cotidiano.



APÓCRIFO

I

En el primer día de la Creación el hombre estuvo solo.

Al crearlo, Dios también creó la soledad. O quizá sólo se la heredó.

Pero luego se arrepintió.

No es bueno que el hombre esté solo, dijo. Y le presentó los animales de la tierra para que les pusiera nombre.

II

Y Adán (así lo llamó Dios) puso nombres a los animales: “tú, león; tú, rinoceronte; tú, ornitorrinco (he ahí el ingenio de Adán); tú, Dios.

Pero el bueno de Dios seguía viendo la soledad en los ojos de Adán.

Así que le infundió un pesado sueño y, mientras dormía, le arrancó una costilla.

Con el trozo de hueso Dios hizo a la mujer y cuando Adán hubo despertado, le presentó a la criatura.

III

Una vez que Adán vio a Eva reconoció en ella lo que le hacía falta. Miró al suelo, luego buscó los ojos de Dios y le dijo: me has creado, me has otorgado poder sobre todas las criaturas y ahora me das una compañera. Me has dado todo, pero me quitaste lo que más quería. Nada de eso me sirve. ¡Devuélveme mi soledad!



ARISTOTÉLICA


Tenía la cabeza puesta en tus recuerdos. Los ojos cargados con amaneceres, luces y el brillo de tu cabellera. La nariz saturada de tu perfume. Los oídos repletos de reclamos, te quieros y otras promesas falaces. La boca sazonada de besos forzados. Los brazos vacíos de tanto atrapar. El corazón llagado. Las piernas cansadas de correr. Los pies sangrantes transitando tus inútiles sendas. El alma aterida y desconfiada por quererte…

Afortunadamente, sé que soy más que la suma de cada una de mis partes.




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